Mi relación con la IA (IV)
Justo cuando estaba entre el curso de retoque y el agobio constante, me cayó el primer «marrón» real: una empresa de calzado contactó conmigo para que le pusiera fondos mediante IA a toda su colección. Ahí fue donde vi el potencial (y el peligro) de verdad. En aquel momento, herramientas como Midjourney generaban unas imágenes que te dejaban con la mandíbula en el suelo, pero —y aquí viene el drama— no había una integración real con la fotografía de producto. No era darle a un botón y ya; era una guerra constante entre el píxel y el algoritmo.
Fue un currazo de locos. Como fotógrafo de e-commerce, mi obsesión era que el zapato no pareciera un «pegote» flotando en un paisaje onírico. Pasé horas cuadrando perspectivas, sombras y luces en mi estudio de Madrid para que ese catálogo tuviera coherencia. Fue el momento en que entendí que la IA podía ser muy espectacular, pero que sin un fotógrafo detrás que supiera de integración y composición, el resultado era una chapuza. Me dejé las pestañas en Photoshop uniendo esos dos mundos, y aunque terminé reventado, fue la primera vez que cobré por «colaborar» con la máquina. Un punto de inflexión total: la IA ponía el fondo, pero mi ojo de fotógrafo ponía la verdad.
